La elección presidencial de 2026 en Colombia dejó mucho más que un presidente electo por una diferencia mínima respecto a su contrincante, también evidenció un fenómeno que ha venido consolidándose en América Latina, la creciente polarización política y el ascenso de las nuevas derechas y autoritarismos que han logrado convertir la seguridad, el orden y el combate al crimen en el punto central de sus discursos y campañas políticas.
La segunda vuelta presidencial del 21 de junio dejó una de las elecciones más reñidas de la historia reciente. Abelardo de la Espriella fue elegido presidente con 12.960.166 votos, el 49,19%, mientras que Iván Cepeda obtuvo 12.708.312, el 48,23%. La diferencia fue de apenas 251.854 votos, equivalentes al 0,96% de la votación total. Pero la polarización no sólo dejó reñido el resultado, también coincidió con la mayor participación registrada en unas presidenciales, pues votaron 26.344.960 personas, el 63,60% del censo electoral.
Este escenario de la llegada de las nuevas derechas no es exclusivo del país, sino que forma parte de una transformación política que atraviesa buena parte de la región y que ha favorecido el ascenso de liderazgos conservadores. Como señala Nina Chaparro (2026)1, estas nuevas derechas han adoptado rostros distintos —el outsider antisistema, el tecnócrata disruptivo o el heredero de antiguos proyectos políticos—, pero comparten un mismo repertorio discursivo: cuestionar a las organizaciones sociales, desacreditar a la prensa crítica, promover agendas conservadoras y privilegiar modelos económicos que subordinan las preocupaciones ambientales y sociales a la lógica del crecimiento y el beneficio económico. En distintos grados, se han observado procesos similares en Perú, Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay y otros países de la región, a lo que hay que sumarle el impacto internacional del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, que ha fomentado el crecimiento de las redes políticas e ideológicas conservadoras y les ha dado mayor capacidad de articulación en América Latina. Ante este nuevo contexto geopolítico, se abren interrogantes sobre la autonomía regional, la protección ambiental, el manejo de los recursos naturales y la capacidad de los Estados latinoamericanos para construir agendas propias de desarrollo.
La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia es, entonces, el reflejo de un contexto favorable en el que han surgido liderazgos altamente confrontacionales que utilizan la personalización de la política, el debilitamiento de los partidos, la polarización ideológica y la desconfianza de las personas hacia las instituciones para llegar al poder. Sin embargo, como lo menciona el jurista Rodrigo Uprimny (2026)2, ante estos discursos y prácticas que han tensionado los límites del debate democrático y que han puesto a prueba la capacidad de las instituciones para tramitar las diferencias dentro del marco constitucional, es necesario que las fortalezas democráticas del país sean defendidas.
A ese contexto hay que añadirle los factores propios de la campaña que aportaron a consolidar su elección. El primero son los símbolos, que fortalecieron las emociones y su narrativa política: el saludo militar que adoptó y que realizaba al cerrar la frase «firmes por la patria», del cual dice Ángel Becassino que «esa venia militar resolvió emocionalmente la sensación de inseguridad que tiene la gente. Lo logró con un gesto más que con palabras»3; el tigre, que puede verse como una copia de la candidatura de Javier Milei en Argentina, quien tomó al «león» como referencia; la religión, el rol de la familia tradicional y su «éxito económico»; y la camiseta de la Selección colombiana, que usó en las últimas semanas de su candidatura, aprovechando el mundial de fútbol que se vivía para esa misma temporalidad.
El segundo factor fue la consolidación de su discurso de destripar a la izquierda y al expresidente Gustavo Petro, con el que logró captar la atención de las personas bajo la idea de sacar a Colombia de su tiempo más oscuro y construir un «país milagro». A esto se le suma el componente digital y las redes sociales, por medio de las cuales difundieron los simbolismos y las narrativas a través de dos vías, pues como lo mencionan Edison Henao y Daniel Pacheco (2026)4, desde el perfil oficial del candidato el tono era respetuoso, pero en las cuentas de influencers afines se distribuían contenidos de más ataque y confrontación contra sus rivales.
El uso de la inteligencia artificial también jugó un papel de gran relevancia, pues con este instrumento difundieron las narrativas del hombre tradicional, de familia, creyente, que luchaba contra la izquierda y que llamaba a la unidad y a la «recuperación del país». Pero no todo se utilizó de la mejor manera, ya que seguidores y aficionados de la campaña de Defensores de la Patria se encargaron de difundir información, videos e imágenes falsas y alteradas de cada contrincante, como la popular foto de Iván Cepeda con el uniforme de la guerrilla, foto que nunca existió pero que se quedó en la memoria de muchos colombianos, pues la campaña siempre asoció a su principal contrincante con «el guerrillero».
De igual manera, estas narrativas, discursos y propuestas se fortalecieron con la estrategia de merchandising, que consolidó su marca de Defensores de la Patria mediante la venta de tenis, relojes, camisetas, gorras, licores y demás productos que terminaron de construir una identidad y una marca política. Todas estas herramientas estuvieron acompañadas, además, del apoyo que recibió la candidatura por parte de ultraderechistas como Donald Trump, Nayib Bukele y Javier Milei, entre otros. Tal como lo señala el reportaje de La Silla Vacía (2026):
«De Milei copió el tigre y el rechazo a ‘la casta’, ‘los de siempre’. De Nayib Bukele implantó, literalmente, su línea de pelo y su barba, y agregó en la mezcla la mano dura y las megacárceles. De Jair Bolsonaro su cercanía con grupos religiosos y el uso de la camiseta de la Selección. Y de Donald Trump la figura de un hombre de negocios y el uso de videos de IA».
Por otro lado, uno de los hechos más relevantes de la elección presidencial desde una perspectiva de género fue que nuevamente ninguna mujer llegó a la segunda vuelta y, aunque participaron mujeres como candidatas presidenciales, la competencia definitiva se desarrolló entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Y aunque en Colombia la participación de las mujeres en la vida pública ha avanzado gracias a décadas de organización social, movilización feminista y reformas orientadas a fortalecerla, las desigualdades siguen estando muy presentes en la competencia electoral, las mujeres pueden participar en elecciones y cumplir con los requisitos legales para aspirar a cargos públicos, pero continúan enfrentando obstáculos relacionados con la financiación, las redes de apoyo, el reconocimiento de sus trayectorias y la distribución de las responsabilidades de cuidado. Desde una perspectiva feminista, estas dinámicas muestran que el poder no se distribuye únicamente mediante reglas electorales; también intervienen normas culturales que determinan quién parece tener autoridad, qué formas de liderazgo generan confianza y cuáles trayectorias son reconocidas como legítimas. La política puede admitir formalmente a las mujeres y, al mismo tiempo, mantener criterios de valoración que las sitúan en desventaja.
Para terminar, más allá de quién haya resultado vencedor, esta elección deja una advertencia para la democracia latinoamericana. Las elecciones continúan siendo competitivas y las instituciones electorales siguen funcionando; sin embargo, la calidad de la democracia depende mucho más que contar votos. Cuando la ciudadanía pierde confianza en los partidos, cuando el miedo desplaza al debate programático y cuando las respuestas simples comienzan a imponerse sobre las soluciones institucionales, aumenta el riesgo de que la erosión democrática ocurra de manera gradual y desde el interior de las propias instituciones. El verdadero desafío para Colombia y para América Latina consiste, entonces, en fortalecer instituciones capaces de responder eficazmente a las demandas ciudadanas sin renunciar al Estado de derecho, la separación de poderes y la protección de los derechos humanos. Las elecciones de 2026 constituyen un llamado de atención sobre el rumbo político de la región y recuerdan que la democracia no se agota en las urnas, también depende de la fortaleza de sus instituciones, de la calidad del debate público y de la capacidad de construir consensos en sociedades cada vez más polarizadas.
Centro de Pensamiento
1 Chaparro, N. (2026). El regreso de un fantasma: Keiko Fujimori y la democracia vaciada de Perú. Dejusticia.
https://www.dejusticia.org/column/el-regreso-de-un-fantasma-keiko-fujimori-y-la-democracia-vaciada-de-peru/
2 Uprimny, R. (2026). Nuestra democracia: robusta, defectuosa y en riesgo. Dejusticia.
https://www.dejusticia.org/column/nuestra-democracia-robusta-defectuosa-y-en-riesgo/
3 Henao, E., & Pacheco, D. (2026). La campaña de Abelardo: 10 claves de su exitosa máquina de marketing electoral. La Silla Vacía.
https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/la-campana-de-abelardo-10-claves-de-su-exitosa-maquina-de-marketing-electoral/
4 Henao, E., & Pacheco, D. (2026). La campaña de Abelardo: 10 claves de su exitosa máquina de marketing electoral. La Silla Vacía.
https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/la-campana-de-abelardo-10-claves-de-su-exitosa-maquina-de-marketing-electoral/



